La actual situación de España no debe dramatizarnos, para nada, vivimos en un país que constantemente se pone la zancadilla a sí mismo para terminar cayendo en un profundo barranco. Pero esa hijoputez que nos recome por dentro suele terminar cuando ya hemos tocado fondo, momento en que al fin los españoles nos tendemos la mano para ayudarnos a salir del abismo, y justo cuando casi hemos escapado o al menos lo estamos intentando, volvemos a ser tan cabrones como siempre y nos empujamos de nuevo al desastre.

Lo más irónico de todo es, que si viene uno de fuera para joder a los nuestros, aunque nos odiemos a muerte, por regla general, no lo toleramos, se despierta esa pequeña vena fraterno-patriótica que nos arroja a partirnos la cara por nuestros ¨hermanos¨. Y echado el de fuera, vuelve la burra al trigo.

Eso mismo lo tenemos a comienzos del S.XIX. Reinaba en España el incompetente de Carlos IV, un patán que no sabía ni cómo administrar el maíz a los gorrinos, pero no se echen las manos a la cabeza aún, porque junto a él estaba Manuel Godoy, su predilecto primer ministro, otro cantamañanas que a duras penas distinguía la mano derecha de la izquierda. Y de otro lado tenemos al príncipe heredero Fernando (el Deseado), un pájaro de mucho cuidado, sin duda un cabrón sin escrúpulos a quien no le importaba conspirar contra su padre a viva voz, con tal de llegar al trono.

Como dice el refrán, ¨viendo el chozo, se ve el melonero¨, España en su conjunto pintaba más o menos como la Corte. El astuto de Napoleón no dudó en aprovechar la situación. Con mucha argucia Propuso a Godoy que juntos conquistaran Portugal y posteriormente se la repartieran. Todo muy bonito, ¿verdad? Claro, por eso 20.000 inofensivos franceses entraron en España y la ocuparon en silencio. Carlos IV, viendo la que se le venía encima, destituyó a Godoy, y ambos, muy en secreto, huyeron por patas camino de Aranjuez, para llegar hasta Sevilla y huir del país.

Creo haberos dicho ya que a Fernando se la traía floja su padre y cualquiera, ¿no? Por eso dio el chivatazo de las intenciones del monarca a sus partidarios. De modo que los habitante de Aranjuez, hasta el gorro de las bufonerías del rey y su colega, (como toda España), lincharon a su majestad y empacharon de garrotazos, salivazos y puñetazos a Godoy. A esto, como quien no quiere la cosa, apareció ¨el bueno de Fernando¨ haciendo de pacificador y ofreciéndose -extorsionando más bien- para asumir el trono y salvar la patria. Dicho y hecho, Carlos IV ni se lo pensó.

Mientras esto sucedía, Napoleón se lo pasaba en grande, sabía que tenía cogido al toro por los cuernos. Hizo llamar a Carlos y a Fernando a Bayona. Allí el gabacho los hizo abdicar a uno en favor del otro y al otro en favor del uno, para que finalmente entregaran la corona a su hermano José. Sí, a Pepe Botella.

Los españoles de entonces, oliendo el guiso quemado, decidieron plantar cara y echar de allí a esos franchutes que se creían el nova más de Europa. Los ilusos gabachos habían pinchado en hueso si pensaban que la cateta España iba a a aceptar la subordinación francesa así como así. Podrían dominar, en teoría, casi todo el país, pero en la práctica era intentar controlar un país bravo e indomable.

España era un polvorín bien cargado, a punto de estallar, y la mecha iba encenderse en Madrid un 2 de mayo de 1808.

[Continuará]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Navega fácil