Sir Walter Raleigh, en la mar contra España; sobre el papel admiración

Sir Walter Raleigh fue uno de los corsarios más activos contra la Corona española, pero, además de combatirla, el pirata inglés también tuvo tiempo para reflexionar y admirar profundamente a las Españas.

La piratería, ¿una actividad lucrativa?

La piratería, bajo patente de corso, fue tónica habitual de la Europa Moderna. Ningún monarca se privó de su uso, basten los ejemplos de Alonso de Contreras en España, Jean Fleury en Francia o Henry Morgan en Inglaterra. El corsario era barato y ofrecía parte de su ganancia. En la mayoría de ocasiones resultaba eficaz y evitaba a la corona malgastar el dinero de las arcas en armadas menores y expediciones de sabotaje contra potencias rivales.

Esto hacía de la piratería licenciada una actividad sumamente rentable para la monarquía, especialmente cuando se proyectaba contra enemigos con la cartera más abultada de la cuenta, como era el caso de España y su Carrera de Indias. Gran Bretaña, con la reina Isabel I a la cabeza, sabía de este buen provecho, y es por eso que tejió toda una red de corsarios que causó verdaderos estragos entre las armadas españolas del Caribe.

Walter Raleigh y su odio a España

Uno de los responsables de este acoso a la flota española fue el legendario sir Walter Raleigh, hombre de confianza de Isabel I a ratos y un aventurero de bandera. Raleigh nació en el condado de Devon hacia 1552 en el seno de una familia anglicana, acomodada y de renombre, que no tuvo pocos problemas durante el reinado de María I Tudor. Este pudo ser uno de los motivos por los que Raleigh fue alimentando un tremendo rencor contra lo hispano y lo católico durante su juventud, de hecho, con tan solo 17 años marchará a Francia para luchar del lado de los hugonotes franceses en las Guerras de Religión.

Esta acción y la posición de su familia le valieron para que rondase y entrase en la Corte de Isabel I y posteriormente, entre 1579-1583, participase en brutal represión contra los irlandeses en Desmond, donde, tras su pacificación, obtendrá vía expropiación una importante hacienda. Gracias a esto, la reina Isabel le concederá un permiso para colonizar tierra virgen en América, el cual llegó a consumar y terminó con un asentamiento abandonado y dejado a su suerte. Sir Walter participó también en la defensa contra la Grande y Felicísima Armada en 1588, donde, según cuentan las crónicas, se desempeñó bastante bien.

Favorito y repudiado de la reina Isabel

A partir de este momento, Isabel I tendrá a Raleigh en cierta estima y le concederá algunos cargos en la Corte y el Parlamento. Fue por estas fechas cuando Raleigh decidió desposar en secreto a Elisabeth Throckmorton, dama de cámara de la reina Isabel. Ésta, sin embargo, tenía otros planes de boda para ambos, planes que iban por caminos bien separados.

Al año del enlace, Isabel se enteró del secreto de los contrayentes. En un ataque de ira, encerró a Walter y “Bess” en la Torre de Londres en junio de 1592. Y aunque fue puesto en libertad dos meses después, la reina decretó su caída en desgracia durante 5 años.

Esto no evitó que la reina Isabel, conocedora de su potencial, le concediera una patente de corso. Con ella, Raleigh asaltó numerosos barcos españoles en el Caribe y participar en el ataque a Cádiz en 1596. En el año 1603, tras la muerte de la reina y cuando las aguas parecían calmadas, Jacobo I, heredero del trono inglés, ordenó el arresto de Raleigh por un supuesto complot en torno a su sucesión.

Raleigh, admirador de España

El juicio se alargará hasta el año 1617, cuando sir Walter será indultado, pero durante esos largos años de encarcelamiento, el corsario aprovechará para escribir su History of the World. En este libro habla un Raleigh sexagenario, defraudado, resentido y con un espíritu más moderado por la mucha vida corrida. Es por eso que el corsario inglés dedica en su obra unas palabras de admiración para España. Palabras nada esperadas viniendo de quien había profesado odio eterno a todo lo español durante su juventud:

«No puedo dejar de encomiar aquí la virtuosa paciencia de los españoles. Es muy difícil o imposible encontrar otro pueblo que haya soportado tantos reveses y miserias como los españoles en sus descubrimientos en las Indias. Sin embargo, persistiendo en sus empresas con invencible constancia, han anexado a sus reinos tantas y tan ricas provincias como para enterrar el recuerdo de todos los peligros pasados: tempestades y naufragios, hambres, derrotas, motines, calor y frío, pestes y toda suerte de enfermedades, tanto conocidas como nuevas, además de una extrema pobreza y de la carencia de todo lo necesario, han sido sus enemigos tarde o temprano al tiempo de realizar sus nobilísimos descubrimientos».

Sorprendente y sentida firma para quien había consagrado su vida a dar el jaque al Imperio en el que “nunca se ponía el sol”.

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