La humilde villa de Medellín era plácido lugar, atrás quedaban ya los episodios de la Reconquista y los tejemanejes que Beatriz Pacheco se había traído entre manos conspirando contra la reina Isabel en la Guerra de Sucesión Castellana, a raíz de la cual, la condesa de Medellín castigó a su hijo (partidario de su Católica Majestad) metiéndolo preso en las mazmorras de su propio castillo. El caso es que tras semejante vaivén de acontecimientos y anécdotas, los meletienses esperaban volver a la calma y pasar de nuevo desapercibidos ante el correr del tiempo, pero bueno, ¨Dios hará merced¨ como dirían los ancianos de la época. Y a Fe cierta que la hizo, pues en 1485 vino al mundo un retoño que puso el nombre de su municipio natal en lo más alto, pues fue pionero en el menester de la conquista y la aventura para todos buscavidas extremeños de cuna.

Hernán Cortés era un hijodalgo, provenía de una familia de la baja nobleza, con reconocimiento de cristianos viejos. Su padre era Martín Cortés de Monroy, capitán de caballería al servicio de la reina Isabel, y su madre Catalina Pizarro. No poseían gran hacienda, pero lo que faltaba de ésta les sobraba de honra según los vecinos.

El joven Hernán creció entre caídas y recaídas de enfermedades, podría decirse que la mayor parte de su infancia la pasó en cama, aunque esto no apagó el buen carácter y afabilidad que le caracterizaban, así pues, las pocas veces que salía a la calle no tenía problemas para simpatizar con los demás niños.

Cierta tarde de agosto, con el padecimiento de aquellas fiebres que siempre lo acompañaron, Hernán yacía impotente en su cama, a través de la única ventana del cuarto, que se encontraba a medio encajar, penetraba un débil hilo de luz, el cual parecía arrastrar las voces de los críos que jugueteaban en la calle. La puerta de la habitación se abrió poco a poco, parpadeó débilmente y con cierta dificultad vislumbró que se trataba de su padre, éste se le acercó, acarició su cabeza mientras le preguntaba cómo se encontraba y le entregó algo. Hernán tomó el obsequio con cierta fragilidad y lo observó detenidamente, era un libro, pero no uno cualquiera, sino de caballerías, donde la aventura y el honor se hacían prosa.

Bendito regalo, por fin podía evadirse en aquellas horas muertas que le provocaban la enfermedad, aquel libro lo aficionó a la lectura, terminó por convertirlo en un adicto a las letras, pues desde ese momento intentaba devorar todo escrito que pudiera. Pero en la época los libros eran muy caros y difíciles de conseguir, por lo tanto, no estaba al alcance de su familia poder adquirir muchos más, que dieran gracias a Dios por disponer de uno. De esta manera, Cortés se aventuró a pedir permiso a todos los vecinos con cierta capacidad adquisitiva para que le permitieran leer las obras de las que dispusieran e incluso se ofreció a alquilarlas a cambio de algún que otro trabajo doméstico.

Y entre libros, toses, estornudos, fiebres y sudores, el pequeño Hernán también dispuso de tiempo para recibir cierta instrucción en el uso de las armas por parte de su padre, quien le entregaría la espada ropera que lo acompañaría a los confines del Nuevo Mundo y de la que se valdría para salvar el pellejo en más de una ocasión.

Con catorce años el padre lo manda Salamanca para que estudiara, pensaba hacer de su hijo un funcionario de vida acomodada, pero pinchó en hueso, Hernán prestaba poca atención a la tarea de los libros y a los dos años salió escopeteado de allí. Aun así, aprovechó aquel tiempo para aprender algo acerca del oficio de escribano, interesarse por el latín y hacer amistades que le convenían como la del primogénito del Conde de Olivares, sabía con quién codearse.

Cortés no quería ser un notario más, ambicionaba algo más, suspiraba por emular a sus antiguos héroes, aquellos que protagonizaban los libros de caballería que marcaron su infancia. Por aquel entonces el Gran Capitán tenía en marcha la preparación de una campaña en Italia que le había encomendado el rey Fernando –ya lo vimos en mi anterior columna- y era justo la oportunidad que Hernán quería aprovechar para poner en andanza su sueño, por tanto se dispuso a viajar hasta Sevilla, donde se estaban reclutando voluntarios.

El extremeño llevaba ya unos meses en la capital hispalense, a la espera de que saliera la embarcación pertinente con destino a Cartagena, donde se preparaba la expedición de su majestad. Con tan largo tiempo de parón y sin nada que hacer, nuestro protagonista se aficionó de buena gana a las mujeres, hasta tal punto que apuntaba alto a la hora de elegir. Contaba a su favor que las féminas no solían resistirse a sus encantos, pues además de su guapura, llevaba por bandera el garbo y la gallardía, que bien sabía bordar a la perfección con su don de la palabra.

En estas apareció un demonio (ya entenderéis porque siempre la recordó así), de unos treinta años, de belleza sin parangón y figura voluptuosa, a la que Hernán no se resistió. Desde un principio se percató de que era mayor que él, más eso no iba a ser impedimento para engatusarla, por lo que se empeñó en seguirla allá donde fuera, que solía ser de casa a misa y de misa a casa; entre rezo, paseo, poesía y mirada, el joven terminó por cortejarla.

La dama citó una noche a Cortés en su residencia para tratar ciertos asuntos de dormitorio, sin faltar a la palabra porque bien sabía lo que disponía su anfitriona, Hernán apareció puntual en el domicilio. Con gesto grácil la mujer lo atrajo hasta su alcoba y allí sin muchos preparativos se pusieron manos a la obra, pero en mitad de la faena una voz grave y ronca sonó al fondo de la casa. ¨Maldita sea mi estampa¨ dijo para sí Cortés, que ante el sobresalto de la fémina advirtió que se trataba del marido de ésta. Tan pronto como pudo se puso los faldones, lanzó por la venta el resto de su indumentaria junto con su espada y allá que se lanzó con ella sin calcular altura alguna. Menuda suerte, aparte del costalazo se llevó de recuerdo las rajas y pinchazos que le propiciaron los rosales y enredaderas que se encontraban bajo el balcón.

A duras penas y cojeando salió de aquel maldito recinto y en cuanto pudo acudió a una taberna que se hallaba cercana para que lo auxiliasen como buenamente pudieran, de esta manera limpiaron y cosieron heridas, pero lo que era el brazo derecho estaba bien fastidiado, era rozarlo y ver como apretaba los dientes con fuerza, menuda suerte justo ahora se lo había partido. Recordó la fecha y cayó en la cuenta de que justo ese día zarpaban los barcos con los voluntarios hacia Cartagena, presto tomó el pañuelo que una camarera que lo atendía tenía atado al cuello e hizo un cabestrillo improvisado para su brazo, tras lo cual salió pitando de allí camino al puerto.

Al llegar intentó aparentar normalidad, más su figura lo delataba, el contramaestre lo observó con ironía y le pidió que por favor se diera la vuelta, que en esas condiciones iba a servir de bufón para los franceses, que en Nápoles lo esperaban. Dio Cortés media vuelta y apretando la empuñadura de su espada con gran rabia se alejó algo cojitranco, jurándose que ese sería el último barco que perdería nunca. En cuanto pudiera recobrar las fuerzas subiría al primero que encontrase.

[continuará]

2 thoughts on “Hernán Cortés I

  1. Muy buenas historias por favor sigan publicando y más de la conquista de Mexico, si pueden hablen de la otra historia viste por los mexicas si tiene algo por ahí muchas gracias

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