Recuerdos en la nieve (VII): Impacto.

Nadie está preparado para la guerra, para despojar a una persona de todo cuanto fue, es o hubiese sido. Aquello le pesaba a Fernando. Su primer muerto.

Cada uno tenía asignado al suyo, fue inmediato, casi instintivo. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! El disparo de Trujillo fue limpio, entre la nariz y el ojo del ruso de la metralleta, cayó al instante, de espaldas y con las manos aferradas al arma. El de Bigotes fue más chocarrero, dio en la parte alta del hombro de su objetivo, escupiendo una impactante salpicadura de sangre que manchó la cara de su tovarich. El Torero entró a matar, ni se lo pensó, de lleno al corazón, ni Manolete es sus mejores tardes.

Recargaron a toda prisa, echando cerrojo atrás. Los tres soviéticos supervivientes estaban a su merced, no tenían donde parapetarse. Caras desencajadas y nervios desatados, miraban aterrorizados a sus dos compañeros caídos, desparramados entre sangre y nieve, los mismos compañeros con los que hacía apenas unos minutos charlaban y compartían bromas. Ahogados por la desesperación se aferraron a sus Mosin Nagant y dispararon a tientas. ¡Pum! El disparo se perdió entre la arboleda, pero hizo que los españoles agacharan las cabezas. El herido en el hombro, abrió fuego con el fusil apoyado en la cadera ¡Pum! El pino que guardaba a Trujillo paró la bala.

-¡Aah! -Las astillas que saltaron se clavaron cerca de su ojo izquierdo y el impacto resucitó el mal de oído que creía superado- ¡Hijo de puta!

Trujillo tiró el Máuser, se echó las manos a la cara y se cubrió de espaldas al tronco estremeciéndose de dolor. Bigotes liquidó de un tiro en el pecho a su anterior objetivo fallido. Se quedó paralizado, le temblaba el pulso, tenía la mirada perdida y le ardía el pecho. ¡Pum! El Torero falló su oportunidad. Los dos rusos que quedaban parecían haberse rehecho, usando como parapeto los cuerpos de sus difuntos amigos, se batían con sangre fría, disparando una y otra vez. Uno de ellos trató de alcanzar la PPSh del que tenía un balazo en la cara, pero en esas Trujillo se recompuso. Con el ojo izquierdo cerrado y tiznado de sangre echó mano a la Tokarev y después de haberse cagado en Dios y en el pesebre que lo cobijó, salió de su parapeto. Con pulso firme y la pistola sujetada con la diestra le descerrajó cinco tiros al ruso que trataba de coger la metralleta: uno en el estómago, dos perdidos, otro en el brazo y el quinto al cuello. El último ruso no tuvo tiempo para reaccionar, apenas giró la cabeza y el Torero lo despachó con un balazo en la sien.

Jadeaban. El aullido de las armas había cesado, dejando una calma incómoda. Una paz tensa, con regusto de pólvora y olor a muerte, sin más testigos que los que habían corrido mejor suerte. Cuando volvió a su ser Trujillo se preocupó por sus compañeros:

-¡Torero! ¡Fernando! ¿Estáis bien?

El Torero dio un trago a la cantimplora y respondió:

-Mejor que tú, cabo.

-¿Bigotes? -Trujillo se giró al no oír respuesta- ¡Bigotes!

Estaba absorto, encorvado y fijo, el Kar 98 apuntando hacia dónde estaba el pobre desgraciado que había abatido, con la mirada perdida y los ojos abiertos como platos. Trujillo y el Torero lo observaban con preocupación, estaba completamente petrificado. Se miraron y con gestos muy disimulados acordaron acercarse a su compañero. Caminando muy despacio, tratando de mostrar tranquilidad pero con la guardia alerta se aproximaron a Fernando.

-Eh, Fernando… Oye, ¿estás bien?

Trujillo tragó saliva, su pulso se acelebraba conforme se acercaba a Bigotes. La hemorragia se había cortado, y aunque aún tenía las astillas clavadas y la sangre del ojo se había secado no lo notaba, tampoco notaba el frío, ni siquiera ese moqueo constante que le acompañaba desde que salió de Alemania.

-Fernandito, escucha…

Estaba un palmo de distancia, tomó aire y se abalanzó sobre el fusil con mucha firmeza y más precaución. ¡Pum!

-¡Noo!

El grito de Fernando fue desgarrador. Cómo por arte de magia reaccionó. En cuanto Trujillo tocó el arma descerrajó un tiro al suelo. No hubo tiempo para la reflexión, tampoco para la comprensión, el joven Fernando rompió a llorar, un llanto profundo, sonoro y chillón, como el que liberan las entrañas a la muerte de una madre. Trujillo le quitó el fusil, lo dejo en el suelo y abrazó a Fernando para consolarlo. El Torero se arcó con la cantimplora calmándolo «¡Sh! ¡Sh!».

-Ya, venga Fernando, no pasa nada -decía Trujillo acariciándole la cabeza-, estamos todos bien, ¿no ves? Venga, ya está, ya está…

Entre sollozos Bigotes se agarraba al brazo del Torero, quien le ofrecía un trago de agua. Lo miró con angustia a los ojos, se acordaba de Salamanca, de su madre, de su padre, del río Tormes, de su hermano caído en la guerra… Todos ellos estaban allí, en casa, muy lejos de donde él se encontraba ahora mismo, muy lejos de la estepa, muy lejos del infierno, de su infierno. Fernando sentía como si su alma hubiese caído en un pozo de oscuridad, como si una parte de él había muerto en el momento en que apretó el gatillo y arrebató la vida a aquel ruso… ¿Cómo se llamaba? ¿A qué se dedicaba? ¿Era un buen hombre? ¿Tenía familia? ¿Llorarían por él? ¿Y si hubiese sido al revés? Nadie está preparado para la guerra, nadie está preparado para matar a una persona y despojarla de todo cuanto fue, es o hubiese sido. Todo aquello le pesaba a Fernando. Su primer muerto, su primer gran pecado.

El Torero le puso la cantimplora en los labios y le obligó a beber. Entre sus dos compañeros lo sentaron en el suelo y continuaron calmándolo. Pasaron unos diez minutos, pero al fin Bigotes se recompuso y volvió a su ser.

-Lo siento… Lo siento… Yo no quería… Era él, pero si no, era yo….

Dijo gimoteando. Trujillo le brindó la mano y le ayudó a auparse:

-Torero volveos los dos, yo me sobro para terminar la misión. Dudo que manden una nueva patrulla de reconocimiento y tampoco me voy a exponer a mucho peligro.

La cara de Bigotes cambió por completo, del llanto pasó al cabreo, abrió su cantimplora, se limpió los mocos con el dorso de la mano y le dio un buen trago al aguardiente. Miraba con frialdad a Trujillo. Le dio un empujón y fue hasta el ruso al que había matado.

-Ni se te ocurra volver a insinuarlo -volteó el cadáver-, no soy un puto cobarde.

Cubrieron los cuerpos de los soviéticos con algo de nieve, pusieron algunas ramas de pino sobre ellos y continuaron su camino. Llegaron hasta la barca que habían utilizado sus amigos y cruzaron a toda prisa la gélida corriente del Nevá. De vez en cuando José Antonio y el Torero se miraban con preocupación, Bigotes no abría la boca para nada, ni si quiera para quejarse, tan solo mantenía la mirada al frente, fría y fija.

-La línea de defensa debe estar a cinco minutos de esta orilla, vamos a rodear la posición, nos colocaremos en aquel promontorio.

Encorvados y con la mente alerta caminaron en formación, controlando todos y cada uno de los ángulos de visión. «Si veis peligro silbad», había apercibido Trujillo. No hubo necesidad de tal, llegaron sin problemas.

-Vale… La Luftwaffe ha hecho bien su trabajo.

Comentó Trujillo mientras observaba a través de los prismáticos. Pasó varios minutos analizándolo todo muy bien.

-¿Alguno tiene algo para escribir?

Bigotes metió la mano en el zurrón, sacó un lápiz diminuto y un papel amarillento. Trujillo los cogió, se apoyó en la espalda del Torero y relató mientras dibujaba:

-Seis atalayas de guardia dispuestas de norte a sur… Unos diez pozos de tirador… Y una mierda de trincheras.

Terminó el dibujo, dobló el papel por cuatro veces y se lo dio al Torero:

-Apunta: infantería unos treinta, dos katiusha y un tanque pequeño que no sé cuál es.

Bigotes cogió los prismáticos y afinó la vista:

-Tiene la cabeza de un mosquito trompetero, es un T-26, -dijo muy serio-.

Apuntó el Torero y le dio una palmada en la espalda al chaval. Recogieron todo y volvieron por donde habían venido.

La vuelta al campamento fue tranquila y en silencio. Trujillo trató de hablar de nuevo con Bigotes, también el Torero probó a bromear con él, pero nada, Bigotes ya no era Bigotes, estaba más serio de la cuenta, un poco tristón, no quedaba nada de ese adolescente cascarrabias que tanto divertía a sus camaradas.

[Continuará]

Imagen de José Ferre Clauzel.

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