Cuando los mayas adoraron al caballo de Cortés.

En marzo de 1525 Hernán Cortés dejó a su caballo al cuidado de los mayas, jamás podría imaginar que terminaría como una deidad.

Allá por octubre de 1524, pasados más de 3 años de la conquistada Tenochtitlán y organizado el territorio, Hernán Cortés marchó a la cabeza de la expedición que le llevaría a recorrer las Hibueras (Honduras) en busca del alzado Cristóbal de Olid. Su antiguo capitán, en conjura con Diego Velázquez -el conocido gobernador cubano y rival del conquistador extremeño-, había traicionado la fe ciega que Cortés tenía depositada en él. La prometedora expedición, que parecía pan comido en sus primeras etapas, se tornó en un infierno difícil de soportar por la hueste: ciénagas y ríos indomables; poblados sin bastimentos abandonados e incendiados por sus naturales; espesas selvas; duras sierras; alimañas e insectos insufribles…

En marzo de 1525, exhausta, plagada de heridas, con ingentes bajas y gran hambre, la hueste se planta frente al lago de Petén. Allí, Cortés se encuentra con los mayas itzaes, quienes habitaban la isla lacustre de Tayasal. Cortés se entrevistó con Canek, el señor maya del lugar, y este acogió de muy buena gana a los españoles y sus aliados indígenas. En estos días de reposo, Cortés y varios de sus jinetes aprovecharon para recorrer los alrededores del lago y desbrozar algo más la incógnita geografía en busca de recursos. Las crónicas cuentan que llegaron a unos llanos en los que encontraron venados en abundancia y aprovecharon para cazar, haciéndose con unas 18 piezas.

En octubre de 1524, Hernán Cortés, a la caza de su capitán alzado Cristóbal de Olid, se lanzó a la expedición de las Hibueras

En azul, ruta de Cortés a las Hibueras

Estas carreras no debieron sentar muy bien a los caballos, que a lo largo de toda la travesía ya mentada apenas habían podido cabalgar, comer bien y habían tenido que sufrir el cálido y húmero clima de aquellas tierras. Tal fue el hastío que los cronistas recogen que tras la cacería murieron y cayeron enfermos varios caballos, entre los cuales se encontraba el del mismísimo Hernán Cortés. El susodicho équido, descrito por Díaz del Castillo como «de color morcillo y de muy buen porte», quedó mal herido e impedido para andar, por lo que Cortés ya no pudo contar con él para continuar su expedición. Canek, el jefe maya, tuvo a bien recoger al animal y le prometió a Cortés que cuidaría de él y haría todo lo posible por que sanase, a lo que el de Medellín respondió con gran agradecimiento y mucho cariño.

Hernán Cortés y los suyos jamás volvieron a la tierra de los itzaes, lo que no fue óbice para que éstos cumplieran con lo prometido. Canek mantuvo su juramento, y tanto él como los suyos continuaron cuidando del maltrecho animal, llevándole diariamente carne -que lógicamente no comía-, flores y frutas. Y aunque hicieron todo cuanto estuvo en sus manos, no pudieron evitar la muerte del caballo. Temiendo que, a su vuelta, Cortés tomase a mal la pérdida del animal, e impresionados por la estampa del corcel, los más principales de los itzaes y sus sacerdotes decidieron construir una gran figura de madera representando al caballo de Cortés y terminaron por venerarla como a una deidad más.

La expedición resultó un caos, y Cortés hubo de dejar su caballo malherido al cuidado de un jefe maya, quien trató al animal como a una deidad

Cuenta fray Bernardo de Lizana en su Historia de Yucatán (1633), que casi cien años después, cuando los franciscanos fray Juan de Orbita y fray Bartolomé de Fuensalida llegaron a Itzá, descubrieron una gran efigie con forma de caballo en la parte más preeminente del templo principal. Los frailes quedaron atónitos, no sabían qué decir, ¿qué hacía aquella figura allí?

—————————————————————————————————-

Bibliografía:

José Luis Martínez, Hernán Cortés.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Navega fácil