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Austerlitz, culmen de Napoleón

«Vive L’Empereur!». La tranquilidad de la noche reventó en aquel instante, miles de antorchas prendieron una tras otra al gritó unísono. «Vive L’Empereur!». Estandartes, lanzas y pendones se alzaban y enarbolaban con frenesí. «Vive L’Empereur!». Salió de su tienda, posición erguida y con las manos atrás. No daba crédito. «Vive L’Empereur!» Estaba rodeado. Se ajustó el bicornio, levantó el mentón y sus labios dibujaron una sonrisa de orgullo. Se hizo el silencio, todos lo miraban. «Vive la France!» Gritó. «Par L’Empereur!» «Vive L’Empereur!» «Dieu garde le Petit Caporal!». Era la madrugada del 28 de noviembre de 1805, hacía un año de su coronación como emperador y sus tropas no lo habían olvidado. Permanecía quieto, intentaba disimular, pero en el fondo estaba eufórico. Sabía que el ejército francés ya no luchaba por su país, ahora daba el alma por su emperador. Aquella noche supo que tenía ganada la batalla antes de empezarla.

Apenas habían pasado semanas desde que entró triunfante en Viena, allí reaprovisionó a la tropa y estudió qué pasos daría a continuación. Por aquellos entonces la Tercera CoaliciónGran Bretaña, Austria y Rusia– trataba de convencer a Prusia para unirse a la alianza contra Francia, de modo que para ganar tiempo Kutúzov, designado por el joven zar Alejandro I como comandante en jefe de las fuerzas austro-rusas, decidió retirarse hasta los Cárpatos. Napoleón los persiguió, pero cuando llegó a la zona de Austerlitz cayó en la cuenta de que cuanto más avanzara más débil sería su línea de suministros y más peligrosos se volverían los prusianos, así que tenía que plantar batalla cuanto antes. Pero, ¿cómo? Prepararía una trampa, atraería a las fuerzas aliadas hasta su posición haciendo parecer que se encontraba muy debilitado.

Mandó un emisario a Viena pidiendo unos 22.000 hombres de refuerzo que llegarían justo a  tiempo para el combate. Rápidamente uno de sus generales marchó para pedir parlamento con el emperador austriaco Francisco I haciendo énfasis en rehusar cualquier enfrentamiento. Sabiendo que el austriaco había mordido el anzuelo Napoleón retiró a su ejército de los Altos de Pratzen hasta una posición más débil para que los aliados tomasen el lugar. Seguidamente pidió una entrevista con el zar Alejandro, pero al final recibió la visita del ayudante más engreído del mandatario ruso, el conde Dolgoruki. Se lo habían puesto en bandeja. Ese día Bonaparte se habría ganado los aplausos de cualquier teatro, su actuación fue encomiable. Dio la sensación de estar atemorizado: agachaba la cabeza, no le salían las palabras, se pasaba la mano por el rostro constantemente… Tan bien lo hizo que el zopenco de Dolgoruki llegó a campamento aliado gritando a los cuatro vientos que los días Napoleón estaban contados y convenció a los emperadores para atacar. Kútuzov se opuso, sabía cómo se las gastaba el corso, pero su señor esta vez no lo escuchaba, el joven zar solo podía pensar en la victoria, ¿cómo iban a ser derrotados sus 85.000 soldados frente una desmoralizada tropa de apenas 50.000 hombres? Napoleón estaba muy contento, todo había salido a pedir de boca, tan solo le faltaba dar la última pincelada a su obra maestra. Colocó a su ejército en las ondulaciones del terreno y debilitó el flanco derecho adrede.

El 2 de diciembre a las cuatro de la mañana y en medio de una espesa niebla las tropas toman posición al toque de corneta. La suerte había sonreído una vez más a Napoleón, aquella niebla era un factor a favor. Las fuerzas aliadas, impacientes, no esperaron a que la bruma se desvaneciese, y hacia las seis en punto atacaron con casi todas sus fuerzas el debilitado flanco derecho francés. Ante el empuje, los galos aguantaron como pudieron, conteniendo a los aliados entre disparos de fusilería y cañonazos. Napoleón observaba impaciente, el ala derecha estaba a punto de caer, veía como los suyos se retrocedían poco a poco, pero en ese preciso instante llegaron los 22.000 soldados de refuerzo desde Viena al mando de Davout. Enseguida recuperaron las posiciones y siguieron aguantando las descargas y embestidas del enemigo.

Napoleón sonrió, la mayor parte de las fuerzas aliadas estaban entretenidas y alejadas. Sin quitar ojo a la batalla se dirigió al mariscal Soult:

Napoleón: Mariscal, ¿cuánto tardará en llevar a sus hombres hasta los Altos de Pratzen?

Soult: Menos de veinte minutos Sire.

Napoleón: Es su momento, no le ordeno más que lo que usted sabe hacer, con un soplo de trueno ganaremos la batalla.

Inmediatamente Soult movilizó a su cuerpo de ejército y marchó hacia el frente. Kutúzov observaba el avance con resignación, sabía lo que aquello significaba, la imprudencia del zar iba a costar cara. Soult golpeó de lleno, los franceses se echaron sus Charlevilles a la cara y abrieron fuego. Los aliados caían a cientos, apenas podían maniobrar en el centro. Los hombres de Soult seguían avanzando. «Recharger!» «Avancer!» «Point!» «Feu!»… «Charger!» Los franceses calaron bayonetas y se lanzaron contra las líneas enemigas. Kutúzov estaba desesperado, jugó su última carta, ordenó atacar a la guardia imperial rusa con el mismísimo archiduque Constantino al frente, pero Napoleón era precavido y ya había mandado a sus mamelucos y a sus granaderos a caballo para contrarrestar la carga enemiga.

La batalla estaba perdida para los aliados, no podían contener las maniobras francesas ni un minuto más, sus tropas huían en desbandada. Napoleón sabía que había mandado a hacer gárgaras a la Tercera Coalición. Pronto llegaron los informes, la victoria francesa se saldó con la muerte de 27.000 soldados aliados y 9.000 galos, pero antes de nada Napoleón quiso interesarse por los estandartes. Habían capturado 50, no estaba nada mal. Sonrío y dijo «Qué jornada más triste para las damitas de San Petersburgo».

En apenas tres meses Napoleón Bonaparte había destrozado dos ejércitos, ocupado Viena y dejado por los suelos al prestigioso Imperio austríaco. Casi nada, como escribiría poco después a Josefina: «He vencido al ejército austro-ruso comandado por dos emperadores. Estoy un poco cansado… Un abrazo».

Imagen cedida por Históricamente Correcto:

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