Salió de su camarote y caminó con mucha pausa hasta la proa, allí se detuvo. Cortés miraba hacia el horizonte, acariciaba su barba con la mano derecha y mantenía la otra firmemente en el pomo de la espada. Pensaba en la cara que debió haber puesto Velázquez en cuanto supo de su partida, lo cual le resultaba tronchante. Pero la cosa no estaba para bromas, sabía que acababa de desobedecer las órdenes del gobernador y ahora todo dependía de él mismo, por suerte contaba con unos capitanes muy leales a su persona, ya dije en numerosas ocasiones que la personalidad de Hernán terminaba por cautivar a cualquiera, incluso a los mismos clérigos, como sucedió con el bueno de fray Bartolomé Olmedo y el padre Juan Díaz.

Hagamos un pequeño paréntesis aquí, pues me gustaría hablarles un poco de los capitanes de Hernán Cortés: Puertocarrero, Escalante, Sandoval, Olid, Dávila y Alvarado serán los más relevantes. Cabe mencionar que de estos, la mayoría habían participado en las guerras de Italia y muchos procedían de Extremadura (Puertocarrero y Sandoval concretamente nacieron en Medellín), aunque la procedencia no dictaba la predilección que Cortés sentía por unos y por otros, sino la personalidad y el valor de cada uno. De este modo, Pedro de Alvarado, Sandoval y Escalante (cántabro de nacimiento), se posicionaron como los hombres de confianza de Hernán.
Escalante, en particular, se convirtió en el favorito de Cortés, tanto que lo presentaba ante los indios como su hermano. En cuanto a Sandoval, le tenía en gran estima, el muchacho demostraba su lealtad y arrojo en cada momento. Pasaba lo mismo con Alvarado, pero de éste se fiaba un poco menos, pues su ambición se antojaba pareja a la de Cortés, por tanto, debía tener cuidado con él, no fuera a ser que se le subiera a las barbas.

A los pocos días de partir de Cuba, la expedición llega a tierra, se trataba de la isla de Cozumel, allí Cortés y sus hombres entablarán el primer contacto con los nativos. La escena, (como muchas otras que trataré de relatar) resultaba curiosa entonces y a día de hoy sucedería lo mismo.

Los indios, al ver aquellas embarcaciones tan grandes e imponentes, las identificaron rápidamente como casas flotantes. Y claro, normalmente cuando la gente ve algo extraño se asusta, así que la población corrió despavorida selva a través. Los españoles avanzaron hasta el poblado con mucha cautela, un poblado fantasma, donde ahora la naturaleza era dueña del ambiente, la calma no solía ser buen aliado en momentos así, bien lo sabían los veteranos.
Cortés mandó a Sandoval y a un puñado de hombres que se adentraran en la maleza e investigaran un poco, pero por si las moscas hizo llamar a Melchorejo –un maya al que trajo consigo y que ya había dado buena cuenta de su papel como traductor en la expedición de Grijalba- para que no hubiese confusiones entre las lenguas.

Sandoval y los suyos se abrieron paso entre la maleza a golpe de espada y siguiendo los rastros de pisadas que el maya Melchor iba reconociendo, de esta manera avistaron un gran arbusto tras el cual se escondían cuatro mujeres y tres niños. Con buenas maneras y ayuda de su traductor, Sandoval consiguió que aquellas nativas les siguieran hasta el poblado. Ya allí con cierto pavor, una de las mujeres le dijo a Melchor que ella era la señora y madre de aquellas tierras, al enterarse, Cortés no dudó en darle el tratamiento que merecía y con algo más de confianza, la india mandó a una de sus sirvientas llamar a su marido y al resto de la gente, estos llegaron temblando, temían a aquellos seres, todo en ellos les era extraño. Les impresionaban sus armaduras, las corazas no eran vistas como tal cosa, pensaban que el pecho de los españoles tenía tal apariencia. Pero el verdadero asombro lo causaban los clérigos, en particular fray Olmedo, observaban atónitos la tonsura del monje –el círculo que llevaba rasurado en la coronilla- y su hábito, curiosamente los chamanes se le acercaban y le inspeccionaban con la mirada, a lo que reclamaban a Melchorejo y le comentaban que aquel hombre transmitía paz y serenidad.

Los españoles recibían toda clase de presentes por parte de los indios, telas ricamente decoradas, comida en abundancia y figurillas de piedra y madera, a lo que los recién llegados respondían regalando cuentas de colores, algo muy típico. Los españoles esperaban encontrar algo de oro y se extrañaron al ver tan poca cantidad entre los obsequios que recibió Cortés, rápidamente supieron que aquella isla no era rica en tal mineral, así que el interés económico por la zona se disipó rápidamente. Quedaba ahora la tarea evangelizadora y a ella se pusieron prestos fray Olmedo y el padre Díaz, quienes enseñaban a los indios el crucifijo y la figura de aquella madre con el niño en brazos, pero extraordinariamente los chamanes les relataron a los clérigos que aquella historia ya la conocían, pues entre ellos vivía un hombre con apariencia similar a la de los españoles y que por casualidad llegó a sus costas haría ya varias primaveras.

El monje y el cura quedaron absortos y enseguida reclamaron a Cortés y le expusieron lo que acababan de oír, éste solicitó que le trajeran ante él a aquel hombre. Cuando así sucedió encontró a un tipo huesudo de entrada edad, con ropajes muy viejos y rotos, de aspecto desaliñado y con cabello y barba en abundancia, quien al ver a sus compatriotas se lanzó ante los pies de ellos y llorando daba gracias a Dios por haber oído sus rezos.
Cortés le pidió que le contara como había llegado hasta allí. Éste le comentó que era fraile y había participado en la expedición de Juan de Valdivia, mas cuando venían de vuelta el barco naufragó y él junto a un compañero llegaron hasta esta isla, donde los hicieron presos. Comentó que su compañero había oído de la llegada de los españoles, pero que hizo oídos sordos al acontecimiento, pues ya tenía familia y no pensaba apartarse de ella.

Tras oír el relato, Hernán se apiadó de Aguilar y le prometió que lo sacaría de allí, también le convino, pues el tiempo que pasó el náufrago en la isla le sirvió para aprender la lengua nativa del lugar. Con todo esto, los clérigos seguían en su menester evangelizador y la cosa parecía ir bien, los indios iban asimilando poco a poco aquella figura del Dios todopoderoso y compasivo, pero todo se fue al garete cuando el padre Díaz destruyó un ídolo pagano ante las narices de los nativos, quienes no se lo tomaron realmente bien y entraron en cólera. Aguilar, que entendía bien las palabras de aquellos, le dijo a Cortés que se largaran pronto de allí, pues el ambiente pintaba realmente mal, la multitud vociferaba y la jefa local miraba con recelo a Hernán. En ese momento, un indio se lanzó contra el padre Díaz y gracias a Dios que Jaramillo (paje de Cortés) estuvo atento a desenvainar la espada y despachar al agresor con un tajo bien limpio. El poblado rugía con más fuerza y Cortés ordenó a sus arcabuceros que dispararan al aire, la furia de los nativos se tornó miedo entonces, ¨aquellos brazos de madera acababan de escupir truenos¨. Aun así la oligarca permanecía impávida sin quitar ojo a Hernán y le pidió que se fuera de la isla. Entre esta tensión, Cortés dio la mano a Aguilar y pidió a Alvarado y Sandoval que lo escoltaran hasta las naves, esto no agradó mucho a la jefa del poblado, pero dejó pasar el incidente para que no se derramara más sangre.

Cortés y sus hombres dejaron el lugar con mucho cuidado, se embarcaron de nuevo y pusieron rumbo a la Península de Yucatán, habían salido vivos de esa guisa, pero la cosa iba a ponerse verdaderamente seria ahora.

[Continuará]

Imagen de Augusto Ferrer Dalmau: https://augustoferrerdalmau.com/

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