Hernán Cortés y las Molucas. El viaje a ninguna parte.

La aventura jamás contada del conquistador de México. ¿Buscó Hernán Cortés una nueva ruta a la Especiería? ¿Cómo socorrió a Jofre de Loaisa? ¿Qué fue de la armada de su pariente Álvaro Saavedra en el Mar del Sur?

Hacia 1497-1498 Vasco de Gama puso en manos del rey de Portugal una nueva y exclusiva ruta comercial hacia la India. Durante toda la Edad Media la Ruta de la Seda y la Ruta de la Especiería se habían convertido en el nexo más brillante entre Europa y Asia, ya no solo por un intercambio cultural envidiable, sino también por las enormes riquezas que reportaba el comercio de productos tan exóticos cómo escasos en Occidente. La caída de Constantinopla en 1453 y el consiguiente cierre de las rutas tradicionales por parte de los otomanos, obligaron a los europeos a buscar una nueva ruta a la Especiería.

Magallanes descubre el Estrecho

La Corona española no se quedó de brazos cruzados, y ante la imposibilidad de abrir el comercio por la ruta portuguesa decidió encontrar un nuevo camino hacia las Molucas (las famosas Islas de la Especiería) navegando hacia Occidente y dando la vuelta al mundo. En 1519 Hernando de Magallanes parte de Sevilla con tal misión. El reputado marino portugués al servicio de España cruzó el Atlántico, bordeo la costa oriental del Nuevo Mundo, descubrió el estrecho que lleva su nombre, cruzó el Mar del Sur (Pacífico) y en Mactán, Filipinas, murió a manos de los nativos en abril de 1521. La expedición continuó bajo el mando de Juan Sebastián Elcano, quién fue capaz de volver al puerto de Sanlúcar 3 años después de su salida, con una sola nave y junto a 18 hombres famélicos de los 238 que partieron años antes.

Una tarea harto complicada que el emperador no podía dejar caer en saco roto. Para continuar las exploraciones y afianzar las posesiones en las islas del sudeste asiático, Carlos V encargó en 1525 a frey García Jofre de Loaisa, comendador de la orden de San Juan, organizar una armada. El viaje fue un desastre, murieron Loaisa y Elcano, y tan solo una nave, la Santa María de la Victoria, llegó al Maluco y ésta fue destruida -en ella se encontraba el famoso navegante Andrés de Urdaneta-. Otra de las naves, la más pequeña, el petache Santiago, de tan solo 60 toneladas, se había extraviado antes de todo este desastre, el 1 de junio de 1526.

Para más seguro, el Santiago continuó el viaje previsto siguiendo la costa occidental del continente americano. Como la comida iba en la nave capitana, los tripulantes pasaron mucha hambre y al parecer iban tirando, a duras penas, del huevo diario de una gallina que llevaba el capitán de la nave, Santiago de Guevara. Después de casi 2 meses de travesía, el 25 de julio, exhaustos, llegaron a un cabo que decidieron explorar. Como no tenían batel acordaron que en una caja grande saliese uno… y que llevase… cosas de rescate para dar a los indios… El clérigo don Juan de Arráizaga se ofreció de meterse en la caja… Se trastorno la caja… y medio ahogado puso Dios en ánimo a los indios que le fueran a ayudar… y volviendo en si donde a media hora se levantó y les hizo señas que se llegase.

Para sorpresa del todos, aquella tierra estaba cristianizada. Se encontraban en Tehuantepec donde había un capitán de Hernán Cortés que los auxilió. Informó éste al gobernador y llevó a la tripulación a entrevistarse con el conquistador de México. Cortés, mediante carta, dará cuenta al rey de una nave extraviada de la Armada de Loaisa, desconociendo aún la suerte del resto de la expedición. El informe de Hernando se cruzará con la cédula qué Carlos V envío al de Medellín, en la cual ordenaba preparar una armada que fuera a las islas de Maluco para auxiliar a la expedición de García Jofre de Loaisa.

Deseoso de cumplir con su rey y ávido de una nueva empresa, a fines de 1526 y principios de 1527, Cortés costeó personalmente y se entregó de lleno a preparar la armada de rescate y exploración que iría en busca de la expedición de García Jofre de Loaisa. Sin duda, la llegada del maltrecho petache Santiago y la cédula de rescate enviada por Carlos V, no hicieron sino cumplir los deseos de un Hernán Cortés que, desde hacía varios meses, ya pensaba en explorar el Oriente y se lo hacía saber así al emperador en su quinta Carta de Relación: Yo me ofrezco descubrir por aquí toda la Especiería… que Vuestra Majestad… la tenga por cosas propias y los naturales de aquellas islas le reconozcan y sirvan como a su rey y señor natural.

Para el año 1527, ya habían pasado 6 años desde la conquista de la Confederación Azteca y su desastre en las Hibueras aún estaba candente. Este último acontecimiento nosotros lo había propiciado el primer desafío a su autoridad como Gobernador de la Nueva España, sino que además interrumpió el resto de su actividad política y empresarial, en aquel momento centrada en la construcción de una armada en Zacutla para conocer el secreto de la tierra de las costas del Mar del Sur. Gracias a la cédula real, Cortés se traslada a Zaclutla y retoma la iniciativa marinera que había dejado abandonada, supervisando él mismo la construcción de las naves. Se estima, gracias a la Relación de gastos que se conserva, que el coste total de la armada superó con creces los 40.251 pesos de oro y 12 tomines. No faltó de nada: herramientas, aparejos, instrumentos de navegación, armas, pólvora, armaduras, alimentos en abundancia, objetos para rescate, pagas adelantadas…

Cortés designó como capitán a Álvaro de Saavedra Cerón uno de sus parientes recién llegados a Nueva España y que pudiera ser que tuviera experiencia como marino. Asimismo, el de Medellín se cuidó mucho a la hora de redactar las instrucciones, en las cuales le indicaba cómo actuar en caso de topar con los nativos o los portugueses e incluso le encargaba hacer una relación de los descubrimientos y plantas de aquellas tierras para intentar su aclimatación en México. Asimismo, Cortés añadía: daréis a los señores de la tierra… las cartas mías que lleváis para ellos, las cuales van escritas en latín, porque como lengua más general del universo, podrá ser… que hayáis judíos o otras personas que las sepas leer; no hallando tales personas, haréislas interpretar a la lengua arábiga que lleváis… y si no tuvieren, lleváis un indio natural de Calicut.

Con muy buen tino, el profesor José Luis Martínez se sorprende porque Cortés se había agenciado a un moro como traductor de árabe y a un hindú de Calicut para las lenguas orientales. ¿Qué hacían en México en 1527 estos personajes?. Y otra cuestión más se hará el maestro sobre el conocimiento tan notable que demostró Cortés acerca de la geografía del Sudeste Asiático: Llevaba, además, cartas a los reyes de Cebú y Tidore. De ambas islas se tenían noticias por el diario de viaje de Magallanes-Elcano. ¿Cómo pudo conocer Cortés estos detalles que sólo se encuentran en el cuaderno de bitácora de aquella expedición?. Sin duda, parece un gran misterio.

Hechos todos los preparativos y con la ilusión puesta en que los vientos del Mar del Sur les fueran propicios, entre julio y agosto de 1527, se reunieron en Zihuatanejo las tres naves que componían la armada de rescate: la nao Florida, la capitana, al mando de Álvaro de Saavedra Cerón, con 50 hombres a bordo; la nao Santiago, al mando de Luis de Cárdenas, con 45 hombres; y el bergantín Espíritu Santo, al mando de Pedro de Fuentes, con tan solo 15 hombres.

El 31 de octubre de 1527, 1 año y 4 meses después de que el emperador enviase la real cédula, la armada al mando de Saavedra Cerón parte de Zihuatanejo y pone rumbo a Oriente. Lo que comenzó siendo una animosa aventura de exploración, pronto se tornó en un cúmulo de tragedias. Al día siguiente de dejar la Nueva España murió maese Francisco, el único cirujano de la armada. Pocos días después, la nao Florida, la capitana, comenzó a hacer aguas. Por si todo esto fuera poco, el 15 de diciembre, mes y medio después de haber partido, ocurrió una desgracia aún mayor, la Santiago y el Espíritu Santo se separaron de la capitana y nunca más volvieron a ser vistas.

Con todo, Saavedra Cerón mantuvo la entereza y la Florida continuó su viaje hasta llegar a un archipiélago de las Molucas. Allí encontraron gente crecida, algo morenos… largos los cabellos… de unas palmas hacen masteles y unas esteras… que parecen de lejos que son de oro… tienen los hombres barbas como los españoles. Aquello parecían ser buenas noticias. Sin embargo, cuando a finales de enero llegaron a Mindanao -una de las islas más grandes de Filipinas, al sur del archipiélago- se encontraron con que los naturales asaltaron la nave y llegaron a cortar un ancla. Aún así, pudieron escapar y seguir adelante con mucha fortuna, pues para entonces el piloto había muerto.

En otra de las islas, los nativos recibieron con muy buen gozo a los españoles y Saavedra Cerón llegó a firmar un pacto de sangre con el rey local, tal y como marcaba su tradición. Recibieron presentes de comida y especias, rescataron a dos españoles y supieron de la existencia de otros compatriotas cautivos en Tidore. Rápidamente marcharon al auxilio de estos, pero por el camino trabaron un pequeño enfrentamiento con los portugueses, gracias a los cuales Saavedra Cerón pudo saber que aún quedaban algunos españoles de la armada Loaisa con el capitán Hernando de la Torre.

El 30 de marzo de 1528, Saavedra Cerón encuentra en Tidore al capitán Hernando de la Torre, quién recordará muy efusivamente que nos puso muy grande alegría con su venida, y nos maravillamos mucho en decir que venía de la Nueva España, porque acá había muy pocas noticias de tal tierra… Éste ha sido uno de los mayores servicios que don Hernando Cortés a Vuestra Majestad ha hecho. Saavedra Cerón aprovechó para reparar la Florida y partió de Tidore el 3 de julio de 1528, con los 30 hombres que le quedaban, los españoles rescatados, cuatro portugueses y 60 toneladas de clavo. Pudieron verse ricos y quizás a salvo, pero la dulzura de la partida pronto se tornaría en ácido tornaviaje.

Con el éxito y la riqueza bajo el brazo partió Saavedra Cerón hacia la Nueva España. El pariente de Cortés y su tripulación levaron anclas e izaron velas aliviados, dando gracias a Dios y a la Virgen por cuánto infortunio habían pasado. ¿Con qué les recompensaría el gobernador de México por su buen hacer para con los designios del emperador? ¿Alguna encomienda? ¿Parte de alguna cosecha? ¿Cabezas de ganado? ¿Quizás una pequeña hacienda? Así andaban, haciendo las cuentas de la lechera, cuando, irremediablemente, el 19 de noviembre hubieron de regresar a Tidore. Después de más de 6 meses de navegación y cabotar parte de Nueva Guinea -a la que llamaron “isla del Oro”-, la nueva ruta dibujada para la vuelta no ofrecía unos vientos favorables y el viaje se estaba haciendo tan farragoso y desesperante que los cuatro portugueses que viajaban a bordo de la nao Florida llegaron a huir tras apoderarse de un batel; darán con dos de ellos, a los cuales ahorcarán y harán cuartos.

El 8 de marzo de 1529 casi un año después de la vuelta a Tidore, volvieron a intentar el regreso a Nueva España, en esta ocasión cambiaron ligeramente la anterior ruta y trataron de orientarse todo lo posible al noroeste a pesar de los vientos contrarios. 7 meses después de su partida, cuando se encontraban en el paralelo 26° latitud norte, Álvaro de Saavedra Cerón muere a bordo del navío. El escorbuto, quizás el hambre, la sed o posiblemente la extenuación, se llevaron por delante al curtido capitán. Antes de morir, Saavedra Cerón recomendó a sus hombres que intentaron subir hasta los 30° para encontrar los vientos propicios, en caso contrario le recomendó volver a Tidore. Si bien en aquel momento la idea del capitán Saavedra era toda una incógnita, a día de hoy no parece desacertada. Faltaban 36 años para que Andrés de Urdaneta consiguiera realizar el famoso “tornaviaje” (1565), para lo cual hubo de subir hasta los 39° 30′ latitud norte, encontrando la corriente del Japón con los vientos propicios.

El toledano Pedro Laso recogió el testigo de capitán, pero apenas pudo hacer gala de su mando, moriría tan solo una semana después, quedando la nao a cargo del maestre y el piloto. A esas alturas, poco quedaba por hacer. Con los vientos siempre en contra, la Florida llego hasta los 31°, pero como solo quedaban 18 hombres decidieron volver nuevamente a Tidore en diciembre de 1529. Allí, los supervivientes se reunirían con los españoles que habían quedado junto a Hernando de la Torre. Buscando una alternativa, de la Torre se puso al frente de los españoles y marchó a Malaca, dónde un capitán portugués los apresó durante unos 2 años y los llevó a Goa (India).

Se estima que murieron entre 10 y 12 españoles más y solo un puñado de ellos logró escapar y navegar infiltrado hasta Portugal, desde donde finalmente regresarán a España en 1534. Habían pasado 7 años desde que aquellos hombres partieron en busca de los restos de la expedición de Jofre de Loaisa, 7 años en los que habían pasado de salvadores a salvados.

Bibliografía:

Hernán Cortés. José Luis Martínez.

Viaje de Saavedra desde Nueva España. J. Génova Sotil y F. Guillén Salvetti.

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