Año 1211, el rey Alfonso VIII de Castilla deambulaba continuamente por las afueras de palacio, no cesaba de dar vueltas al ridículo que había hecho ante el moro en la batalla de Alarcos. Allí pecó de orgulloso y sobrado al lanzar a la caballería sin ton ni son contra el enemigo, dejando completamente vendida a su infantería frente al ataque almohade. Sobra decir que los musulmanes perpetraron una gran masacre y que el propio rey Alfonso tuvo que tomar las de Villadiego para salvar el cuello.

Aquello le costó bien caro al monarca castellano, quien fue continuo motivo de chistes entre moros y cristianos; pero esto no era lo más gordo, pues aquella derrota significaba el avance almohade hasta los Montes de Toledo, llegando incluso a poner en peligro a la mismísima ciudad de Toledo. Así, la pifia que en un principio provocó la carcajada de los demás reyes cristianos, se tornó en una amarga preocupación que afectó a todos por igual en cuanto fueron conscientes del peligro que conllevaba que el infiel recuperara fuerzas en la Península. Y si caía Castilla más les valía rezar a Cristo y a la Virgen para que se apiadasen de ellos.

Aquel estado de pánico fue aprovechado por el Císter (orden monacal más importante del momento) para proclamar una nueva Cruzada, pero ahora sería distinto, ya no tendría lugar en Tierra Santa, sino en la Península Ibérica. Aquello dio ánimos a Alfonso, y tan rápido como pudo se puso en contacto con el Papa y el propio Arzobispo de Toledo, ambos colaboraron aunando las fuerzas de la cristiandad y llamando al auxilio de la Fe.

El Papa amenazó con la excomunión a los reyes que no olvidaran sus rencillas y se negaran a colaborar en aquella gesta, asimismo, brindó el perdón de los pecados a todo el que participara en el lance. Por su parte, el Arzobispo viajó hasta Francia para predicar acerca de la causa y conseguir voluntarios; y vaya si lo hizo, se trajo consigo a centenares de caballeros franceses.

Cada día que pasaba se unían más hombres a la causa: Alfonso reunió a todos sus vasallos y estos respondieron; Aragón y Navarra dieron el sí en cuanto pudieron; las órdenes militares (Temple, San Juan, Santiago y Calatrava) se sumaron en cuanto el Papa se pronunció… Tan solo León  (con rencillas y haciéndose de rogar) faltó a la llamada.

Para cuando el rey Alfonso quiso darse cuenta, contaba con un ejército de entre 80.000 y 90.000 hombres –la cifra seguro está inflada por las crónicas de la época- de los cuales, dos terceras partes eran castellanos. Y el caso es que un ejército tan grande costaba ingentes sumas de dinero, para lo que el rey y el propio clero echaron mano de sus respectivos tesoros.

Alfonso pretendía adelantarse a los acontecimientos y pillar de improviso al Califa Muhammad Al-Nasir, llamado Miramamolín por los cristianos. Si le salía bien la jugada mataría dos pájaros de un tiro: podría limpiar su nombre y acabaría con el incipiente poder almohade.

En pocos meses las tropas se concentraron alrededor de Toledo formando una estampa curiosa. Caballeros de distinta procedencia de Europa se relacionaban con las milicias concejiles castellanas, monjes soldados de las más diversas órdenes debatían sobre qué era lo que primaba en la Fe… Y ya para dar un carácter más mediterráneo y cálido a aquel conglomerado, apareció Pedro II de Aragón con sus hombres.

Ya atendida la visita del aragonés, Alfonso VIII organizó a las huestes y se dirigió hacia Jaén el día 22 de junio, tan solo dos días después los cristianos tomaron por sorpresa el castillo de Malagón, y al poco tiempo, el 1 de julio, hacían lo mismo con la fortaleza de Calatrava. Todas estas victorias levantaron la moral de la tropa peninsular, pero no sucedió lo mismo con las huestes ultramontanas (unos 20.000 hombres de todos los rincones de Europa), quienes hartas del agobiante calor y discrepantes ante el buen trato que dispensaban los peninsulares a los vencido, se largaron de allí indignados y con cierto miedo a terminar hirviendo dentro de las armaduras; a pesar  de ello, unos 150 caballeros de Languedoc y el Obispo de Narvona, se mantuvieron fieles a la causa.

Cuando todo parecía caerse apareció ondeando el pendón de Navarra a lo lejos, era el rey Sancho VII el Fuerte, ahí venía, a galope tendido junto a sus 200 mejores caballeros. Su llegada no cubría ni por asomo las deserciones de los extranjeros, pero el rey Alfonso era conocedor de la bravura navarra, sabía que en combate cada uno de esos hombres valía por tres moros.

El rey Sancho no traía buenas noticias, Al-Nasir se dirigía hacia ellos con un gran contingente, de unos 120.000 hombres (siempre digo que recordéis la exageración de las crónicas). Aquello no desanimó a Alfonso, quien decidió tirar de valor para plantar cara al califa. Éste había acampado en un llano, frente al desfiladero la Losa, estaba rodeado por su Guardia Negra, esclavos atados a una estaca y encadenados, así en caso de lucha no tenían otra que pelear o morir.

El ejército cristiano consiguió burlar las guardias musulmanas y se desplegó en la Mesa del Rey, una elevación a 5 kilómetros del campamento almohade. Allí permanecieron desde el viernes hasta el lunes. Ese último día por la madrugada, la tropa cristiana oyó misa y se dispuso para el combate que tendría lugar por la mañana.

Al romper el alba Alfonso VIII organizó a sus hombres y los dispuso para la batalla. Frente a ellos, los almohades se presentaban en formación muy abierta, arropados por un tronar incesante de tambores africanos que redoblaban en la retaguardia. Cada golpe, cada paso y cada grito hacían vibrar constantemente el suelo. Los cristianos apretaban fuertemente sus armas, gritando a viva voz el nombre del apóstol Santiago. La arenga de ambos era intensa y continuada.

El rey Alfonso dio la orden pertinente y la caballería pesada cristiana se lanzó contra la infantería musulmana. Justo antes de la acometida, los andalusíes se largaron en señal de protesta por la ejecución de uno de sus jefes el día anterior. Momento inoportuno, los jinetes penetraron en la línea y allí se dedicaron a repartir acero a gusto de los infieles. A todo esto, los arqueros a caballo almohades castigaban los flancos cristianos y justo en ese momento el rey Alfonso dio rienda suelta a sus reservas para contrarrestar el ataque musulmán y poder repelerlo, aunque no parecía dar resultado.

Con mucha pausa, el rey castellano reorganizó a sus hombres y les pidió una última carga a la desesperada. Y a fe que lo intentaron, pero a duras penas avanzaban algunos metros, y en esto apareció el rey Sancho el Fuerte de Navarra junto a sus caballeros, galopando como alma que lleva el diablo, embistiendo con tanta fuerza que atravesaron por completo el grueso del ejército musulmán y penetraron en el campamento del califa. Allí el rey cortó las cadenas que guardaban la tienda de Miramamolin (origen del escudo de Navarra) y junto a sus hombres aniquiló a la Guardia Negra.

Ante esto, el califa puso pies en polvorosa y huyó a caballo, las tropas almohades viendo aquella escena tan esperpéntica y que la moral cristiana no cesaba de subir, entraron en pánico y corrieron por sus vidas. Apenas pudieron guardar el pellejo unos pocos miles, pues los cristianos se dedicaron a perseguirlos durante todo el día. No hubo piedad. Se dice que de tantos muertos como hubo, los caballos no podían dar un paso sin tropezarse o caerse.

La afrenta de Alarcos estaba bien limpia, y a partir de ahora el poderío almohade era tan solo polvo del recuerdo. La fuerza de los musulmanes en la Península Ibérica entraba en decadencia y con ello la Reconquista se inclinaba definitivamente de parte de los reinos cristianos. La batalla de las Navas de Tolosa significó un antes y un después en la historia de España y de la propia Europa. 1212 quedó grabado a fuego en nuestro pasado.

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