La ingeniosa captura de Caonabo por Alonso de Ojeda.

«Dios está arriba, el rey en España y nosotros aquí.». Tocaba ingeniárselas, era sobrevivir o morir.

Antes de regresar de su segundo viaje a España, Colón levantó el fuerte de santo Tomás en La Española (1494) y dejó a Alonso de Ojeda como alcaide. Casi un año después, allá por marzo de 1495 el poderoso cacique Caonabo atacó con todas su fuerzas la fortaleza (mal preparada y escasamente defendida). Con gran sagacidad, y acompañado tan solo de 15 hombres, Ojeda fue capaz de expulsar a los nativos y repeler el ataque. Poco después conoció por boca de otros indios que el mismo Caonabo había sido quien arrasó el fuerte de Navidad y mató a sus defensores, aquel que el Almirante construyó tras su primer viaje con los restos que quedaron de la Santa María.

Aquello no podía quedar así, apenas eran un puñado de extraños en tierra incógnita, con unos vecinos totalmente desconocidos y estaban a casi 4.000 millas de sus casas; como solían decir los conquistadores «Dios está arriba, el rey en España y nosotros aquí.». Tocaba ingeniárselas, era sobrevivir o morir.

Cierto día Alonso de Ojeda salió del fuerte y pidió a los nativos parlamentar con Caonabo. Como ya he relatado, Ojeda era bien conocido por su sagacidad, pero más si cabe por su astucia e inteligencia, así que llevó consigo una serie de presentes para agasajar al cacique: cuentas de colores, baratijas de metal (muy apreciados por los indios), telas… Caonabo se puso muy contento y decidió corresponder la visita. En cuanto Caonabo apareció Ojeda bajó de su caballo e hincó una rodilla en el suelo, y dijo a los que le acompañaban «Haced todos como yo», y así hicieron. Con mucha adulación, como si tuviera a sus Católicas Majestades enfrente, Ojeda le mostró los regalos. Caonabo no cabía en su gozo, estaba encantado con tantos regalos y creía que los ¨pieles blancas¨ estaban extenuados de tanta pelea y habían sucumbido ante su belicosidad. Ojeda, muy seguro de lo que andaba haciendo, echó mano a su zurrón y sacó unos grilletes cobrizos. Agachando la cabeza invitó al cacique a probárselos, éste, fascinado por lo que él creía unos brazaletes de turey (que así llamaban los taínos al metal) se apresuró a tomar posesión de ellos. Sin embargo, Ojeda le dijo que aquellos «brazales» venían nada más y nada menos que del cielo, y que antes de poderle hacer entrega de ellos debería acompañarlo, él solo, para así lavarse en un río y quitarse las impurezas.

Caonabo acompañó a Ojeda, no sin escolta, y Alonso dijo a sus hombres que hicieran como que volvían al fuerte, pero que cuidaran de guardarle la espalda y que no los vieran, que a su señal se aprestaran y liquidaran a la guardia del cacique si así fuese necesario. Caonabo, con mucha prisa y deseoso de aquellos «brazales», pidió a Ojeda que se los probase. El español así lo hizo, y en menos que canta un gallo le apretó los grilletes. El cacique voceó pidiendo ayuda, pero Ojeda lo redujo y lo ató con una cuerda que llevaba. Lo subió a su caballo, llamó a sus hombres y salieron de allí a toda prisa, rumbo al fuerte. No faltó mucho tiempo para que el hermano de Caonabo, Manicátex, tratara de rescatarlo con un ataque que los españoles repelieron.

Al parecer cuando Caonabo fue presentado a Colón se le dijo que él era el jefe de «los blancos», pero se negó a reconocer como jefe a Colón por considerar que el jefe tenía que ser Alonso de Ojeda, que era el que le había capturado. El Almirante determinó que no podía condenarlo a muerte, pues sería enemistarse definitivamente con los indios de la isla y también sería indecoroso por su condición caciquil, así que resolvió llevarlo a España para que se presentara ante los Reyes Católicos. Pero al poco de zarpar, una tempestad hundió el barco en el viajaba Caonabo y todos los que en el iban murieron ahogados.

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