La fortuna no siempre favorece a los audaces, ni siquiera se molesta en sonreírles, se basta con guiñarles un ojo y dejarlos con la miel en los labios. Cuando Alonso de Ojeda consiguió su ansiada gobernación jamás pensó que sus futuros vasallos en realidad eran indomables indios armados hasta los dientes con dardos y curare (veneno), como tampoco imaginaría que su mayor ganancia en Tierra Firme sería salir con vida de allí. En la costa dejaba un fortín, una hueste y un capitán al mando: Francisco Pizarro. Sin esperarlo, el trujillano ascendió meteóricamente en las peores circunstancias posibles. De indiano común a capitán, el bastardo de los Pizarro tenía un cargo del que presumir, pero, ¿a qué costa? ¿Merecía la pena?

San Sebastián de Urabá supuso el fin de la carrera conquistadora de Alonso de Ojeda y el comienzo del de Pizarro.

Alonso de Ojeda

El 9 de junio de 1508 Alonso de Ojeda obtiene de manos de Fernando el Católico la concesión soñada por cualquier español de la época: una gobernación, en su caso la de Nueva Andalucía. La gobernación equivalía a la obtención de un importante reconocimiento político amén del eterno anhelo de ascensión social peninsular: “tierras y vasallos”. Desde que combatiera en la Guerra de Granada y embarcase en el segundo viaje de Colón allá por el año 1493, cuando tenía 25 años, el conquense se dejó el alma y parte de la vida por aglutinar méritos y hacerse respetar entre una masa de hidalgos con las mismas aspiraciones que él y toda una amalgama de hombres de mar procedentes de los más oscuros rincones de la sociedad. De Ojeda decían los cronistas de indias que era pequeño de estatura, ágil hasta causar sorpresa, y en todos los ejercicios de las armas, maestro consumado; tenía el genio pronto y la vista perspicaz; era valiente hasta la temeridad, vengativo hasta la crueldad, tierno de corazón con los débiles, y cortés con las damas; pendenciero y duelista, pero hondamente creyente y por extremo observante de sus deberes religiosos.

En 1508 Alonso de Ojeda, el aguerrido conquense, obtiene de Fernando el Católico la gobernación de Nueva Andalucía o Urabá.

Fuente: Historia del Nuevo Mundo.

La gobernación de la conocida Tierra Firme sería bicéfala, así lo dispuso muy inteligentemente la Corona para evitar una concentración excesiva de poder similar a la que pretendió en su momento el Almirante. A Alonso de Ojeda le correspondería la gobernación de Urabá, comprendida entre el cabo de la Vela (Colombia) y el cabo de Chichiriviche (Venezuela). Por su parte, Diego de Nicuesa ostentaría la gobernación de Veragua, que albergaba los territorios más occidentales. La frontera no se delimitó con nitidez, quizá por la inexactitud de los conocimientos geográficos o simplemente porque al mismo tiempo que incentivaba una conquista en dos direcciones, el astuto Fernando creaba una fricción muy provechosa entre los dos gobernadores. Y es que las chispas no tardaron en saltar, provocando sendas riñas entre Ojeda y Nicuesa, ante lo cual, el famoso cosmógrafo Juan de la Cosa, mano derecha de Ojeda, haciendo gala de su talante diplomático, decidió poner tierra de por medio y fijar la frontera entre ambas gobernaciones en el Río Grande del Darién, justo en la desembocadura del golfo.

Para evitar concentraciones de poder Fernando el Católico dividió la gobernación de Tierra Firme en dos: Urabá para Ojeda y Veragua para Nicuesa.

El virrey Diego Colón

Calmadas las aguas y reconducida la situación, Ojeda y Nicuesa realizaron los preparativos de su expedición en Sevilla entre octubre y noviembre de 1509. En el puerto hispalense hicieron la primera tanda de aprovisionamiento y recluta (alrededor de 200 hombres), la segunda llegaría unos meses después en Santo Domingo, La Española, donde el virrey Diego Colón, hijo del Almirante, los trató con recelo. Aquella expedición, obra de la Corona, iba destinada a mermar la capacidad decisoria de los Colón en el Nuevo Mundo y el virrey lo sabía, es por ello que puso todas las trabas posibles a los dos gobernadores. En primera instancia trató de limitar la recluta de la hueste colonizadora alegando que ello provocaría la despoblación de La Española, de esta manera, contraviniendo las instrucciones dadas por el monarca español, redujo drásticamente el cupo de alistamiento, pasando de 800 plazas a 600. Aquella medida no fue suficiente para Diego Colón, pues entre sus vecinos había mucho baquiano desengañado con el espejismo metalífero de las islas del Caribe, baquianos que no tenían nada que perder a la hora de enrolarse en una nueva expedición que pudiese darles más lustre y riqueza, fue este el caso de Francisco Pizarro un extremeño natural de Trujillo y de condición bastarda que había viajado a las Indias en busca de oro y laureles. Visto que la recluta seguía su curso, Diego Colón tuvo a bien afrentar los bienes y las personas de Ojeda y Nicuesa, enviando a sus funcionarios para embargar parte de los bienes de la expedición y encarcelándolos por supuesta desobediencia.

Visto amenazado su poder, el virrey Diego Colón puso todas las trabas posibles a la expedición de Ojeda y Nicuesa.

Juan de la Cosa

Los huesos de los gobernadores no pasaron mucho tiempo en calabozo, ya que, según Carmen Mena, para la segunda quincena de febrero de 1510, las dos flotas habían abandonado el puerto de Beata. Ojeda, con menos recursos que Nicuesa, fue el primero en partir, lo hizo con 2 bergantines y otras dos naves de similar porte, además de 12 yeguas y un curtido contingente que superaría los 100 guerreros. Seguramente Ojeda partió premonizando lo que Hernán Cortés hubo de hacer casi una década después en el puerto de La Habana, largando velas de noche, sin más calor que el albergado en su hueste y con el romper de las olas en sustitución del repicar de las campanas. Ahora su único horizonte era Urabá.

[Continuará]

Augusto Ferrer-Dalmau

Bibliografía:

  • Carmen Mena, “La forja de un conquistador. Francisco Pizarro en el escenario del Darién”.
  • Esteban Mira Caballos, “Francisco Pizarro”.

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