Apoyo ciego en la enfermedad y leal brazo armado en la debilidad, ese fue el papel que Francisco Pizarro jugó en el fuerte de San Sebastián de Urabá mientras Alonso de Ojeda respondía, aún convaleciente, ante lo que ya era una consumada empresa fallida. Para colmo de males, los refuerzos prometidos y concertados con el bachiller Fernández de Enciso se retrasaban en demasía.

Desde su mismo desembarco, la situación en el golfo de Urabá fue insostenible para Alonso de Ojeda

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El gobernador veía, cuanto menos, imposible salir de aquel atolladero en las circunstancias en las que estaban y pronto advirtió que de no disponer de los cuidados necesarios terminaría pudriéndose en aquel paraje dejado de la mano de Dios. Fue así como Alonso de Ojeda se embarcó con Bernardino de Talavera, primer bucanero del Caribe, dirección La Española para poner en auge su salud y aligerar el despacho de Enciso. Con Ojeda marcharon algunos moribundos y descontentos de la hueste, quedando en el fuerte unos 80 hombres y dejando al mando a Francisco Pizarro. Alonso de Ojeda les pediría resistir 50 días más a la espera de su regreso o la venida de Enciso, de no ser así, tenían vía libre para regresar a La Española. Soflamas enardecidas que quedaron sepultadas en el golfo de Urabá, el conquense no volvería jamás a su amada gobernación.

Herido, Alonso de Ojeda decidió partir rumbo La Española, dejando en San Sebastián 80 hombres al mando de Francisco Pizarro

Tan pronto como izaron velas, Ojeda fue apresado por Bernardino de Talavera, quien pretendía sacar un buen rescate por la captura de un oficial del rey. Sin embargo, a mitad de camino, el cautivo hubo de auxiliar a sus captores. Paradójico. Sorprendidos por un fuerte temporal que los hizo naufragar, Talavera liberó a Ojeda confiando en su buen dominio de la navegación. De nada sirvió, la nave terminó engullida por las olas y la tripulación dio con sus huesos en la playa cubana de la Jagua, en la actual Santa Cruz del Sur, provincia de Camagüey. Maltrechos y desamparados, con el único cobijo de una talla de la Virgen a la que se aferró Ojeda, los náufragos hubieron de caminar sin vituallas, casi desnudos y a merced de las enfermedades hasta la punta de Maisí, donde toparon con el poblado del cacique Cacicaná, ángel de la guarda del gobernador cautivo.

Engañado, Ojeda fue apresado por Bernardino de Talavera, pero pronto él y sus captores naufragaron en pleno secuestro

Alonso se las ingenió para hacer entender al cacique su dramática situación y de paso predicar las Sagradas Escrituras entre aquellas gentes bajo la advocación de su Virgen, a la cual erigieron un pequeño templo y pronto le profesaron veneración. Fuera por las plegarias o por que estaba por suceder, pronto llegaron a la costa hombres armados bajo el mando de Pánfilo de Narváez con la misión de rescatar al malparado gobernador de Urabá. La justicia del rey se aplicó con todo el peso de la ley: Bernardino y sus hombres fueron apresados y condenados a morir vilmente bajo el asfixiante letargo de la soga. Ojeda, por su parte, regresaría a La Española para renunciar a su título de gobernador en beneficio de Enciso y pasar el tiempo que le quedase al cuidado de su esposa nativa y sus hijos mestizos.

A la llegada de Pánfilo de Narváez, Alonso de Ojeda fue rescatado y Bernardino de Talavera y sus hombres ajusticiados.

Enfermo, abatido, con el horizonte clavado en el ocaso de sus días, deprimido y arrepentido por cuanto daño pudiera haber causado en los tiempos pasados, el implacable conquistador de las Antillas y la Tierra Firme, que por entonces no llegaba siquiera al medio siglo, decidió abandonar a su familia y retirarse al Monasterio de San Francisco en Santo Domingo para purgar todos sus pecados. Allí moriría al poco tiempo, en 1515, y en su testamento dejó bien clara su voluntad de ser sepultado bajo el pórtico mayor del monasterio. Su alma, pensó, merecía ser pisoteada por todos para expiar la culpa engendrada de palabra, obra y omisión; quizás así Dios pudiera recompensarle en muerte lo que la vida le negó una y otra vez.

[Continuará…]

Bibliografía:

  • Carmen Mena, “La forja de un conquistador. Francisco Pizarro en el escenario del Darién”.
  • Esteban Mira Caballos, “Francisco Pizarro”.

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