Capitán Gral. Federico Gravina. Se encargó del “Príncipe de Asturias”.

Se cumplen 215 años (1805) de la derrota de la armada franco-española a manos de los británicos frente al cabo de Trafalgar (Barbate, Cádiz). Una batalla en la que, si bien los anglosajones partían en desventaja numérica, podían hacer gala de una excelente calidad naviera y marina. Por su parte, la armada española, merced a las reformas de Ensenada durante el reinado de Fernando VI, era la segunda en importancia mundial, rivalizando con la francesa, prueba de ello era que contaba con los tres buques más artillados del momento: el Santísima Trinidad, el Santa Ana y el Príncipe de Asturias; de 140, 120 y 112 cañones respectivamente. Además, España tenía entre sus filas verdaderos lobos de mar, empezando por sus mandos y terminando por sus tripulantes, lo cual compartía con los británicos -como cosa natural en dos naciones con vocación ultramarina-, sin embargo, la fiebre amarilla había causado estragos entre los marineros españoles, por lo que se hubo de recurrir a la leva apresurada de gentes de todas las clases: mendigos, campesinos, presidiarios…

Villeneuve, contralmirante y jefe de las fuerzas franco-españolas

Asimismo, el estado de la flota tampoco pasaba por sus mejores momentos, los capitanes españoles llegaron a pagar de su bolsillo reparaciones y pintura. Por razones de este calado, los mandos alcanzaron a sugerir evitar un enfrentamiento directo con la flota británica y esperar un momento más propicio. Pero los franceses, con una moderna armada, apenas fogueada y repleta de tropas de tierra, eran quienes llevaban la voz cantante. Villeneuve, contralmirante y cabeza de las fuerzas franco-españolas, desoyó la prudencia de los oficiales españoles y se precipitó en las maniobras.

Benito Pérez Galdós relata así la batalla en sus “Episodios Nacionales”:

Al amanecer del 21 vimos veintisiete navíos por barlovento, entre los cuales Marcial designó siete de tres puentes. A eso de las ocho, los treinta y tres barcos de la flota enemiga estaban a la vista formados en dos columnas. Nuestra escuadra formaba una larguísima línea, y según las apariencias, las dos columnas de Nelson, dispuestas en forma de cuña, avanzaban como si quisieran cortar nuestra línea por el centro y retaguardia. […] Marchábamos en dirección casi opuesta a la que antes teníamos. […] Eran las doce menos cuarto. El terrible instante se aproximaba. La ansiedad era general. […] Pude observar que gran parte de la tripulación no tenía toda aquella desenvoltura propia de los marineros, […] vi algunos que sentían el malestar del mareo, y se agarraban a los obenques para no caer. Verdad es que había gente muy decidida, […] pero por lo común todos eran de leva, obedecían las órdenes como de mala gana, y estoy seguro de que no tenían ni el más leve sentimiento de patriotismo. No les hizo dignos del combate más que el combate mismo, como advertí después. […]

Un navío de la retaguardia disparó el primer tiro contra el Royal Sovereign, que mandaba Collingwood. Mientras trababa combate con este el Santa Ana, el Victory se dirigía contra nosotros. […] El momento terrible había llegado: cien voces dijeron ¡fuego!, repitiendo como un eco infernal la del comandante, y la andanada lanzó cincuenta proyectiles sobre el navío inglés. Por un instante el humo me quitó la vista del enemigo. Pero éste, ciego de coraje, se venía sobre nosotros viento en popa. Al llegar a tiro de fusil, orzó y nos descargó su andanada. En el tiempo que medió de uno a otro disparo, la tripulación, que había podido observar el daño hecho al enemigo, redobló su entusiasmo. Los cañones se servían con presteza, aunque no sin cierto entorpecimiento, hijo de la poca práctica de algunos cabos de cañón.

Y continúa en terrible responso del Santísima Trinidad:

Cosme Damián de Churruca, al mando del “San Juan Nepomuceno”.

Los cabellos blancos que hoy cubren mi cabeza se erizan todavía al recordar aquellas tremendas horas, principalmente desde las dos a las cuatro de la tarde. […] El espectáculo que ofrecía el interior del Santísima Trinidad era el de un infierno. Las maniobras habían sido abandonadas, porque el barco no se movía ni podía moverse. Todo el empeño consistía en servir las piezas con la mayor presteza posible, correspondiendo así al estrago que hacían los proyectiles enemigos. La metralla inglesa rasgaba el velamen como si grandes e invisibles uñas le hicieran trizas. Los pedazos de obra muerta, los trozos de madera, los gruesos obenques segados cual haces de espigas, los motones que caían, los trozos de velamen, los hierros, cabos y demás despojos arrancados de su sitio por el cañón enemigo, llenaban la cubierta, donde apenas había espacio para moverse. De minuto en minuto caían al suelo o al mar multitud de hombres llenos de vida; las blasfemias de los combatientes se mezclaban a los lamentos de los heridos, de tal modo que no era posible distinguir si insultaban a Dios los que morían, o le llamaban con angustia los que luchaban. […]

Horatio Nelson, jefe de la escuadra británica al mando del HMS Victory

La sangre corría en abundancia por la cubierta y los puentes, y a pesar de la arena, el movimiento del buque la llevaba de aquí para allí, formando fatídicos dibujos. Las balas de cañón, de tan cerca disparadas, mutilaban horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar a alguno, arrancada a cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no arrojaba la víctima al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin dolor la última noción de la vida. Otras balas rebotaban contra un palo o contra la obra muerta, levantando granizada de astillas que herían como flechas. La fusilería de las cofas y la metralla de las carronadas esparcían otra muerte menos rápida y más dolorosa, y fue raro el que no salió marcado más o menos gravemente por el plomo y el hierro de nuestros enemigos. […] La idea de un orgullo abatido, de un ánimo esforzado que sucumbe ante fuerzas superiores, no puede encontrar imagen más perfecta para representarse a los ojos humanos que la de aquel oriflama que se abate y desaparece como un sol que se pone. El de aquella tarde tristísima, tocando al término de su carrera en el momento de nuestra rendición, iluminó nuestra bandera con su último rayo. El fuego cesó y los ingleses penetraron en el barco vencido.»

La batalla de Trafalgar se saldó para España con la pérdida de unos 9 navíos de guerra (entre hundidos, capturados y naufragados) y dejó herida de muerte a la armada española. Aunque se conservaron 37 navíos de línea y 24 fragatas, estas naves terminarán pudriéndose a lo largo de toda la Guerra de Independencia (1808-1814). El comercio y los vínculos con los territorios americanos quedaban pendiendo de un hilo, la independencia de los virreinatos y las capitanías generales era cuestión de tiempo.

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Bibliografía:

Benito Pérez Galdós, Trafalgar. Episodios Nacionales.

José Gregorio Cayuela Fernández. Trafalgar. Hombres y naves entre dos épocas.

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