La comida en alta mar.

Carne y pescado en sazón, bizcocho duro, cuero mojado, ratas y vinagre. ¿A qué esperas para degustar este exquisito menú?

Hace 500 años viajar en barco no era como hoy; olvídense de esos gigantescos cruceros que surcan los anuncios de televisión y quítense de la cabeza los yates que alguna vez han visto atracados en Marbella. Cuando Magallanes se hizo a la mar zarpó con 5 naves (Trinidad, Santiago, San Antonio, Concepción y Victoria) y 239 hombres. La vida en alta mar no era cómoda, embadurnados de agua y sal, los marineros apenas tenían espacio para moverse, pasaban largo tiempo a la deriva, sin ver tierra; estaban continuamente expuestos al aliento de la Parca: comían y bebían y respiraban acompañados de ella.

¿Y cómo se alimentaban? ¿Cuál era su dieta? Bueno, pues para empezar valga la certeza de que zarpaban bien avituallados, con abundante comida, ahora, eso sí, les aseguro que no era nada apetecible, todo iba concienzuda y abundantemente sazonado, para su conservación, y el ¨chef¨ de turno no se paraba a desazonar una a una cada pieza de carne o pescado, porque aquello era mucha tarea y quitaba sustancia. Sustancia no sé, pero sepan que la mayor parte de esa carne conservaba las proteínas justas, porque las moscas y otros bichos la tenían más picada que los dientes del Risitas -imaginen que le pasaría sin la sal-.

No solo de carne vivían estos hombres, el principal sustento del marinero era el bizcocho de pan. No, quiten de la cabeza la imagen que tienen de bizcocho. La palabra bizcocho viene del termino ¨cocer dos veces¨, bueno y tres y cuatro y cinco… Tantas veces como largo fuera el viaje. Claro, llegado un punto, aquello estaba bastante duro, como una piedra. Para poder comer tal masa pétrea había que mojarla para ablandarla. Bueno, esto es muy relativo, porque había quien se la hincaba a palo seco; los veteranos solían tomar el pelo a los más novatos diciéndoles que aquello había que zampárselo tal cual, y ea, mordisco al mendrugo y diente fuera, poca gracia tenía que hacerles.

Decíamos que solían mojar el bizcocho para hacerlo comestible, ¿pero en qué? Bueno pues en agua salada o en vino, lo cierto es que preferían el vino. Y dirán ustedes, ¨coño, por lo menos tenían vino¨, y sí, por lo menos tenían, pero vamos, nada de lo de Cristo en las Bodas de Caná: agua y vinagre. Eso era el quitapenas de los marineros.

En momentos de hambre y escasez creo que no hace falta decir que las ratas eran tan codiciadas como un buen cerdo -llegaban a pagar medio ducado por una- e incluso el cuero era despachado como el mejor de los tocinos, esos sí, siempre bien remojado en agua salada.

Valga para hacernos a la idea este relato de Andrés de San Martín, piloto y cosmógrafo en jefe de la Expedición de Magallanes:

Aquí comenzaron los problemas pues ya la escasez de alimentos y agua se iba notando a pesar de haberse empezado a racionar, pues ya no les quedaban alimentos frescos, el bizcocho ya no era pan, sino una especie de polvo con mezcla de gusanos, que eran los que se habían comido la harina y para terminar de arreglarlo tenía un olor insoportable, porque se había impregnado de los orines de los ratones. El agua estaba en parecidas condiciones por lo que se llegó a cocinar el arroz con el agua del mar y como no quedaba otra cosa, se cortaban pedazos del cuero de vaca con que iban forrados la gran verga, para evitar que el roce de los cabos de maniobra se comiera la madera, pero como estos cueros habían estado siempre expuestos al agua, sol y vientos, se habían endurecido de tal manera, que para poderlos masticar, había que dejarlos caer al agua durante cuatro o cinco días, para que así quedaran más blandos, para ponerlos encima de las brasas y después a la boca para masticar.

Y por si este relato es poco ilustrativo, aquí dejo otro del escritor Eugenio de Salazar, quien parece que no discuto mucho de su viaje:

Pues pedí de beber en medio de la mar, moriréis de sed, que os darán el agua por onzas como en la botica, después de harto de cecinas y cosas saladas; que la señora mar no sufre, ni conserva carnes ni pescados que no vistan su sal. Y así todo lo más que se come es corrompido y hediondo, como el mabonto de los negros zapes. Y aun con el agua es menester perder los sentidos del gusto y olfato y vista para bebería y no sentirla. De esta manera se come y se bebe en esta agradable ciudad. ¿Pues si en el comer y beber hay este regalo, en lo demás cuál será? Hombres, mujeres, mozos y viejos, sucios y limpios, todos van hechos una mololoa y mazamorra, pegados unos con otros; y así junto á unos uno regüelda, otro vomita, otro suelta los vientos, otro descarga las tripas, vos almorzáis.

Extracto de una carta de Eugenio de Salazar (s.XVI).

Ciertamente delicioso.

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