Desde que Tucídides y Jenofonte relataran la Guerra del Peloponeso y la Anábasis de Los Diez mil (s.V-IV a.C), el oficio de historiador apenas ha mutado en su esencia, sino más bien en sus métodos y postulados. El estudio del pasado y el análisis de grandes hitos y personajes son tónica habitual que deben tratarse con gran mesura para no caer en el error de la interpretación subjetiva más descarada.

Desde Tucídides y la Anábasis de Jenofonte, el oficio de historiador apenas ha mutado en su esencia.

En El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605), el insigne Miguel de Cervantes Saavedra hace una curiosa y acertada descripción del magisterio de Heródoto y san Isidoro de Sevilla. Se produce esta definición en el capítulo IX, cuando el narrador principal cuenta como, un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos por los que se interesó. Entre ellos, muy maravillado, el narrador encontró la Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. Sin embargo, el afortunado buscador se encontró con el problema de que aquellos escritos estaban redactados en la lengua de Mahoma, con que el interesado narrador hubo de contratar los servicios de un morisco aljamiado que le hiciese de traductor de tan preciado tesoro.

A propósito de este hecho y del tal Cide Hamete Benengeli, Cervantes, por boca de su narrador, comenta cómo debe ser el buen historiador:

Debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rancor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

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